01 czerwca 2003

Caigamos en manos del Señor...

El que vive eternamente todo lo creó por igual,

sólo el Señor puede ser proclamado justo.

A nadie concedió el poder de anunciar sus obras,

¿quién podrá descubrir sus maravillas?,

¿quién podrá medir su inmensa grandeza?,

¿quién podrá narrar sus misericordias?

No hay nada que quitar, ni nada que añadir,

y no se pueden descubrir las maravillas del Señor.

(Sir 18,1-6)


Jesús Ben Sira, el sabio israelita que alrededor del año 180 antes de Cristo dio la forma decisiva su libro, conocido ahora como el “Eclesiástico”, en sus reflexiones resalta muchas veces la misericordia de Dios. La vida de este sabio se enmarca dentro de la ocupación de Israel por el Imperio Griego. En esta época de la ocupación griega se puso a prueba la fe del pueblo de Israel.


“Dios nos ha abandonado”...

Los ocupantes griegos tenían interés en hacer perder a los judíos, habitantes de Palestina, su fe en Yavé y convertirlos en seguidores de los dioses griegos. El menor gesto de resistencia era castigado con la pena de muerte. El único consuelo de los judíos fue la esperanza en que Yavé, el Dios de Israel, en su misericordia no permitiría que su pueblo fuera llevado al exterminio. Sin embargo no todos tuvieron la fe tan firme. Muchos judíos, desilusionados por la falta de respuesta de Yavé a las abominaciones del ejército invasor, renegaron de su fe y comenzaron a seguir las costumbres y los dioses de los griegos. Ben Sira no comparte esta postura y demuestra su desaprobación de este tipo de comportamiento. El segundo capítulo de su obra critica a los judíos que pierden la esperanza y trata de reforzar la fe de sus hermanos judíos en la misericordia de Dios:

¡Ay de los corazones cobardes y las manos perezosas,

y del pecador que actuá con doblez!

¡Ay del corazón decaído, que no tiene fe!,

porque no será protegido.

¡Ay de ustedes, los que han perdido la esperanza!

¿Qué harán cuando el Señor venga a examinarlos? (Sir 2,12-14).

Según este sabio judío, la fe en Dios exige sacrificios. Las dificultades de la vida no sólo no pueden debilitar nuestra fe, sino que son ayuda para que esta se fortalezca y se haga más fuerte. Dios permite y tolera estas pruebas que ayudan a clarificar nuestras opciones y nos ayudan a acercarnos a Dios con más convicción:

Hijo, si te acercas a servir al Señor,

prepara tu alma para la prueba.

Endereza tu corazón, mantente firme,

y no te angusties en tiempo de adversidad.

Pégate a él y no te separes,

para que seas exaltado en tu final.

Todo lo que te sobrevenga, acéptalo,

y en las humillaciones, sé paciente.

Porque en el fuego se purifica el oro,

y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación.

Confía en él, y él te ayudará,

endereza tus caminos y espera en él (Sir 2,1-6).


La Biblia fuente de esperanza.

Según Ben Sira las personas que conocen a Dios, saben que él no abandona a sus hijos e hijas. En momentos de adversidad los creyentes permanecen fieles a Dios porque saben que él premiará más tarde su fidelidad con beneficios mucho más superiores que las penas y sufrimientos que les toca ir superando en este tiempo de adversidad:

Los que temen al Señor, aguarden su misericordia,

y no se desvíen, no sea que caigan.

Los que temen al Señor, confíen en él,

y no les faltará la recompensa.

Los que temen al Señor, esperen bienes,

gozo eterno y misericordia (Sir 2,7-9).

¿Pero en qué basa Ben Sira la fuerza de sus convicciones? Indudablemente la rica experiencia de su vida le ha ayudado a clarificar y fortalecer su fe. Basta leer Sir 51,13-22 para saber cuánto se ha esforzado Ben Sira para conseguir la sabiduría divina. Pero la fuente principal desde la cual este sabio alimenta su fe es... la Biblia. Leyendo las páginas de la Escritura, conociendo la vida de las generaciones más antiguas de los creyentes en Dios, Ben Sira descubre que Dios nunca ha abandonado a quienes han puesto su confianza en él:

Fíjense en las generaciones antiguas y vean:

¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado?

¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado?

¿Quién le invocó y fue desatendido?

Porque el Señor es compasivo y misericordioso,

perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia (Sir 2,10-11).


Abandonémonos en la misericordia del Señor.

Fortalecidos con la Palabra de Dios los creyentes están en condiciones de superar las dificultades de la vida diaria. Nuestro Dios, fiel y misericordioso, que ha escuchado en el pasado el clamor de los oprimidos y los ha liberado, sigue y seguirá siempre actuando de la misma manera, porque él es fiel y no puede negar a si mismo. Esta experiencia de Dios ayuda a los creyentes a no desesperarse, a mantenerse fieles al Dios y a su proyecto, y ser para las demás personas ejemplo de fe y confianza en Dios:

Los que temen al Señor no desobedecen sus palabras,

los que le aman guardan sus caminos.

Los que temen al Señor buscan su agrado,

los que le aman cumplen su ley.

Los que temen al Señor tienen el corazón dispuesto,

y se humillan delante de él.

Caigamos en manos del Señor y no en manos de los hombres,

pues como es su grandeza, así es su misericordia.

(Eclo 2,15-18).



Reflexionemos:

- ¿Qué sentido damos los creyentes en Dios a los sufrimientos de la vida diaria?

- ¿de que manera la Biblia nos ayuda mantener viva y fuerte nuestra fe?

- ¿de qué manera nuestra fe en Dios nos ayuda a vencer las dificultades de la vida ?



Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 maja 2003

Dios misericordioso y leal.

“¿Qué Dios hay como tú, que perdone el pecado y absuelva al resto de su heredad? No mantendrá para siempre su cólera pues ama la misericordia; volverá a compadecerse de nosotros, destruirá nuestras culpas y arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados!” (Miq 7,18-19).


Al inicio de nuestras reflexiones de este año acerca de la misericordia de Dios en la Biblia, allá por el mes de febrero, decíamos que en el idioma hebreo, la lengua original de la Biblia, para hablar de la “misericordia” de Dios, se usa una expresión, RaHaMiM, que tiene la misma raíz (RHM) que la palabra “vientre materno”. Por consiguiente, la “misericordia” tiene mucho que ver con la “ternura”. Pero esta no es la única palabra que expresa “misericordia” en el idioma hebreo. Otra palabra, incluso más usada que RaHaMiM, es la palabra HeSeD (Jésed). Este término, HeSeD, significa en primer lugar “misericordia”, pero también se traduce como “lealtad”. Cuando en la Biblia leemos que Dios es misericordioso, tenemos que comprender entonces que es también leal.


Dios juega limpio

En el libro del Éxodo Dios se presenta a sí mismo diciendo:

Yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, pero tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos (Ex 20,5-6).

Normalmente se subraya de este texto el tema del castigo. ¡Que barbaridad, Dios castiga hasta la cuarta generación! Pero... si seguimos leyendo, descubrimos que, con los que siguen sus caminos, Dios tiene misericordia (y lealtad) por... ¡¡¡mil generaciones!!!

La lealtad de Dios hacia nosotros tiene mucho que ver con nuestra lealtad frente a él. Esto tiene su origen en la Alianza que Dios ha establecido con el pueblo de Israel:

Si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios que yo te mando hoy, amando a Yahvé tu Dios, siguiendo sus caminos y guardando sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; Yahvé tu Dios te bendecirá en la tierra en la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo les declaro hoy que perecerán sin remedio y que no vivirán muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán. Pongo hoy por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a Yahvé tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en ello está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahvé juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob (Dt 30,15-20).

Dios, quien ha ayudado al pueblo de Israel a liberarse de sus opresores, lo ha sacado de la esclavitud, le ha dado la tierra y la posibilidad de ser protagonistas de su propia historia, les pide sólo una cosa: que respeten “las reglas de juego” – el proyecto amplio que Dios ha elaborado y dentro del cual ha incluido al pueblo de Israel. Seguir este proyecto significará para Israel paz, armonía y prosperidad; salirse de él, significará perdición y muerte – abandono por parte de Dios. Si leemos la Biblia con atención, vemos que Dios ciertamente cumple su promesa: acompaña y bendice a los que le son fieles. Sin embargo - y podríamos decir: ¡por fortuna! – no cumple su amenaza de muerte y abandono. Dios no abandona a los que se desvían de sus caminos, si misericordia no se lo permite, sino que los corrige.


La pedagogía de Dios

La mayoría de las Biblias que usamos no hablan de la corrección de parte de Dios sino de castigo de Dios. Sin embargo la palabra hebrea que usa la Biblia para la corrección es MuSaR, que tiene que ver con educación, instrucción, disciplina (la Biblia griega usa el término paideia – de allí nuestra “pedagogía”). Más que hablar entonces de los castigos de Dios tendríamos que estudiar la pedagogía divina. El libro de los Proverbios aconseja a sus lectores: No desprecies, hijo mío, la instrucción de Yahvé, que no te enfade su reprensión, porque Yahvé reprende a quien ama, como un padre a su hijo amado (Prov 3,11-12). Nuestro Dios es leal y misericordioso. Bendice y acompaña a todas las personas que siguen sus caminos, que se realizan dentro del proyecto de Dios; corrige e instruye a aquellos que se alejan de él para que recapaciten, cambien de vida y regresen a la Alianza con Dios.


Bendice al Señor, alma mía, alabe todo mi ser su santo Nombre.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.

Él perdona todas tus ofensas y te cura de todas tus dolencias.

Él rescata tu vida de la tumba, te corona de amor y de ternura.

Él colma de dicha tu existencia y como el águila se renueva tu juventud.

El Señor obra en justicia y a los oprimidos les da lo que es debido. (...)

El Señor es ternura y compasión, lento a la cólera y lleno de amor (Sal 103,1-6.8).



Reflexionemos:

- ¿Has experimentado en tu vida la ternura de Dios?¿Cuándo?

- ¿En qué consiste la pedagogía de Dios?

- ¿Has experimentado en tu vida la corrección de Dios? ¿Cuándo?



Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 kwietnia 2003

Dios, un juez justo y misericordioso.

Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes. El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia? (Gn 18,25).


El mes pasado habíamos visto como Dios educaba al profeta Jonás, quien no estaba dispuesto a aceptar la bondad y la misericordia de Dios. A Jonás le parecía que Dios debía ser mucho más severo con los pecadores. Por su parte, Dios le hacía ver que, siendo él mismo el creador de todo el universo, no podía aniquilar sin piedad a sus criaturas y que para él lo más natural era perdonar, porque él ama a su creación como una madre ama al niño que ha salido de sus entrañas.

Esta vez quisiéramos recuperar de la Biblia una historia donde se da la situación inversa: un hombre, Abraham, apela a la justicia y misericordia de Dios y consigue que éste no desate indiscriminadamente el furor de su ira castigando sin piedad a justos e impíos.

Los capítulos 18 y 19 del libro del Génesis nos traen un relato muy antiguo, elaborado por el escritor Yahvista (lo llamamos así porque siempre cuando habla de Dios utiliza el nombre de Yahvé) allá por los años 900 antes de Cristo, es decir, ¡ hace casi 3.000 años!

En este relato se nos narra el encuentro de Abraham con Dios. Es un relato muy bien elaborado y muy interesante. Les invitamos a que lo encuentren en su Biblia y que lo lean con detenimiento.

Nos cuenta el relato que un día, cuando Abraham estaba descansando a la entrada de su tienda, esperando que pase el sofocante calor de mediodía, inesperadamente, lo han visitado tres caminantes. Siendo un buen anfitrión, Abraham saludó con respeto al que parecía ser el jefe y humildemente les ofreció hospitalidad; les invitó a que se quedaran con él un rato para descansar y para reponer fuerzas. Le pidió a su esposa Sara que les preparara “un pancito”, que al final resultó todo un banquete. Mientras estaban conversando, Abraham se dio cuenta que el que lo había visitado era Dios mismo en compañía de dos ángeles. Como premio por la buena acogida, Dios le hace a Abraham la promesa: Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo (Gn 18,10).

Al despedirse, Dios le comparte a Abraham que se está dirigiendo a la ciudad de Sodoma para aniquilarla: El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Así que voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo (Gn 18,20-21). Al conocer esta estremecedora noticia, Abraham se acerca con confianza a Dios para interceder por la ciudad pecadora. Es importante que tengamos presente el escenario de esta conversación: el diálogo entre Dios y Abraham, o, mejor dicho, entre el juez y el abogado, se desarrolla en una de las alturas al este de Hebrón, desde la cual se puede ver, en el fondo del paisaje, a la ciudad pecadora, la ciudad de Sodoma (cf. Gn 19,27-28). Es una escena muy dramática: la suerte de los habitantes de Sodoma depende del resultado de este dialogo.

Ambos, Dios y Abraham saben que Sodoma ha pecado; es una ciudad impía, que debe ser castigada. Pero Abraham le plantea a Dios un problema mucho más profundo: no todos en Sodoma son pecadores, hay también allí algunos justos. La pregunta es: ¿hay que fijarse en los muchos impíos o, más bien, en los pocos justos? La sugerencia de Abraham es que Dios perdone a los impíos en consideración a los justos: Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a borrarlos sin perdonar a aquel lugar por los cincuenta justos que hubiere dentro? Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes. El juez de toda la tierra ¿va a fallar una injusticia? (Gn 18,24-25). La respuesta de Dios es: Si encuentro en Sodoma a cincuenta justos en la ciudad perdonaré a todo el lugar por amor de aquéllos (Gn 18,26). Una vez conseguida la respuesta favorable de Dios, Abraham, con mucha confianza, comienza a rebajar las proporciones entre justos y pecadores: 45 justos, 40, 30, 20, hasta llegar tan sólo 10 justos: Insistió: Vaya, no se enfade mi Señor, que ya sólo hablaré esta vez: ¿Y si se encuentran allí diez? Dijo: Tampoco los destruiría, en atención a los diez. (Gn 18,32). A muchos lectores les resultó hasta divertido este “regateo” de Abraham con Dios, al más puro estilo judío. Pero más allá de la grotesca, podemos observar en esta escena algunos elementos teológicos muy edificantes. En primer lugar, es digna de subrayar la profunda confianza entre Abraham y Dios. Abraham, sintiéndose acogido y escuchado por Dios, se dirige a él con toda confianza e no tiene miedo de pedirle favores, logrando entrar en armonía con la voluntad de Dios. En segundo lugar, destaca el desprendimiento y la solidaridad de Abraham: dirigiéndose a Dios no pide favores para él, sino que intercede por sus hermanes, aunque estos sean pecadores irrespetuosos de Dios. Finalmente, y lo destacamos al final por ser el mensaje más importante de este pasaje, a través de esta narración descubrimos en profundidad el significado de la justicia de Dios. Según la enseñanza de la Biblia, la justicia de Dios no consiste en hacer respetar las normas establecidas, sino en realizar acciones justas. Según la norma de la ley, Sodoma debía de ser destruida porque era una ciudad pecadora, pero la acción justa realizada por Dios, gracias a la intercesión de Abraham, fue haber salvado a la familia de Lot, el hombre justo, antes de destruir la ciudad. La misma característica de nuestro Dios destaca Jesús cuando dice: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo (Mt 5,44-48).





Reflexionemos:

- ¿Cómo entró Dios en confianza con Abraham?

- ¿Cómo se relacionaba Abraham con Dios?¿qué nos enseña a nosotros/as con este comportamiento?

- ¿Qué verdad acerca de Dios nos revelan los capítulos 18 y 19 del libro de Génesis?¿Cómo la vamos a poner en práctica y transmitir a los demás?



Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 marca 2003

Dios amante de la vida

Tú siempre puedes utilizar tu poder.

¿Quién va a resistir la fuerza de tu brazo?

El mundo entero es ante ti como un gramo en la balanza,

como gota de rocío matutino sobre la tierra.

Pero te compadeces de todos porque todo lo puedes

y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan.

Amas a todos los seres

y no aborreces nada de lo que hiciste;

pues, si algo odiases, no lo habrías creado.

¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?

¿Cómo se conservaría, si no lo hubieras llamado?

Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas

Señor, amigo de la vida (Sb 11,21-26).


Muchos de nuestros lectores conocen seguramente la historia de Jonás, el “profeta rebelde” que quería enseñarle a Dios como ser Dios. Los que no la conocen que se lean la novelita bíblica sobre el profeta Jonás. La encontrarán entre los libros proféticos, aunque su lugar más adecuado estaría entre los libros sapienciales...

Cuenta este libro, que Jonás recibió de Dios el encargo de ir a Nínive, la gran ciudad pecadora, para invitar a sus habitantes a la conversión. Sin embargo Jonás no sólo no le hace caso a Dios, sino que escapa, tratando de estar lo más lejos posible de Dios y de Nínive – el destino de su misión. Lo que sigue, lo conocemos de sobra – se desata la tormenta, el barco comienza a naufragar, Jonás se confiesa culpable de la ira de Dios, es arrojado al mar, se lo traga un enorme pez y lo lleva al punto de partida... Jonás aprende que no se puede escapar de Dios.

Finalmente, Jonás acepta a llevar adelante su misión. Recorre la gran ciudad predicando el mensaje de conversión. Los ninivitas se arrepienten de su mala conducta, proclaman ayuno y penitencia e invocan la misericordia de Dios. Al ver semejante cambio, Dios se arrepintió del castigo que había anunciado contra ellos, y no lo ejecutó (Jon 3,10). ¡La misión fue todo un éxito! Pero... Jonás en vez de alegrarse, sintió un gran disgusto, se enfureció... ¿Por qué? – porque Dios es demasiado bueno. En vez de castigar con todo rigor a los pecadores, les perdona y les da una nueva oportunidad. Nos enteramos de la propia boca de Jonás que la causa de su huida de la misión fue justo esa - no quería hacer llegar el mensaje de Dios a los habitantes de Nínive porque sabía que si ellos se convertían, Dios les perdonaría: «¡Ay, Yahvé! Ya lo decía yo cuando estaba todavía en mi tierra y por eso me apresuré a huir a Tarsis: pues sabía que tú eres un Dios clemente, compasivo, paciente y generoso, que se arrepiente del castigo (Jon 4,1-2). Si Jonás pudiera actuar en lugar de Dios, a los pobres ninivitas les hubiera “partido el rayo” y quemado el fuego de la ira. Dios le hace ver a Jonás que piensa así porque no tiene ninguna vinculación afectiva con los habitantes de Nínive, sin embargo, Dios, que les ha dado la vida y los ha visto crecer, no los puede aniquilar porque los ha creado y los ama.

Toda esta historia, en el fondo, trata de corregir falsas imágenes de Dios. Mucha gente piensa que Dios es un ser cruel y despiadado, muy exigente con sus criaturas, que a menor falla las castiga sin piedad ni misericordia. El libro de Jonás trata de decirnos que nuestro Dios no es así, sino que nos ama y trata de buscar nuestro bien.

Esta imagen tierna y bondadosa de nuestro Dios la ha captado muy bien el autor del libro de la Sabiduría. Este escritor sagrado, viendo que muchos de sus compatriotas judíos odiaban a sus enemigos y esperaban que Dios los hiciera perecer delante de sus ojos, trata de proclamar el amor universal de Dios hacia todas las criaturas. ¿Cómo Dios puede castigar a sus criaturas si él mismo las ha creado? Dios no va en contra de la vida, sino que es su garante y amigo; es su amante:


Amas a todos los seres

y no aborreces nada de lo que hiciste;

pues, si algo odiases, no lo habrías creado.

¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?

¿Cómo se conservaría, si no lo hubieras llamado?

Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas

Señor, amigo de la vida (Sb 11,21-26).


Conviene que leamos con frecuencia este texto, y otros parecidos, para no repetir en nuestra vida y nuestra práctica de catequistas el mismo error de Jonás: ser más exigentes e intransigentes con nosotros y con los demás que Dios mismo lo es. No queramos enseñarle a Dios ser Dios, sino más bien aprendamos de él que es compasivo y misericordioso (Cf. Sant 5,9-11).




Reflexionemos:

- ¿Por qué Jonás no quiso llevar adelante la misión que Dios le encomendó?

- ¿por qué Dios no es un Dios castigador sino que ama a sus criaturas?

- ¿Qué imagen tenemos nosotros de nuestro Dios?

- ¿Cómo podemos descubrir y transmitir a los demás el autentico rostro de nuestro Dios, amante de la vida?



Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 lutego 2003

Dios con ternura de madre

Yahvé le dijo: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizitas, de los jivitas y de los jebuseos. Así pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios los afligen. Ahora, pues, ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto» (Ex 3,7-10).


La palabra “misericordia”, usada para expresar la actitud de Dios hacia nosotros, procede da la lengua latina. Está formada por la unión de dos conceptos: “miser” que significar “pobre”, y “cor” que quiere decir “corazón”. Podríamos decir entonces que posee entrañas de misericordia quien da algo de sí mismo, entrega su corazón.

Sin embargo en el idioma hebreo, la lengua original de la Biblia, para expresar el concepto de la “misericordia” de Dios, se usa una expresión que tiene la misma raíz (RHM) que la palabra “vientre materno”. Esto nos ayuda a comprender que la “misericordia” es un concepto muy cercano a la “ternura”. Parece una forma mucho más acertada de expresar la actitud de Dios hacia nosotros. En el libro de Jeremías, Dios dice por la boca del profeta: ¿No es Efraín un hijo precioso para mí? ¿No es un niño en quien me deleito? Desde que hablé de él, lo he recordado constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él, y ciertamente tendré de él misericordia, dice Yavé (Jer 31,20).

El pasaje de extrema belleza y expresión de la misericordia de Dios, es el texto del libro de Éxodo citado al inicio de este artículo. Tratemos de ordenar un poco este texto para que quede más evidente su estructura:


Yahvé dijo (a Moisés):


He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto,

he escuchado el clamor ante sus opresores

conozco sus sufrimientos.


He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y

para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizitas, de los jivitas y de los jebuseos.

Así pues,

el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y

he visto la opresión con que los egipcios los afligen.

Ahora, pues,

ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto.


Una vez ordenado el texto, saltan a la vista los verbos que expresan la sensibilidad de Dios: he visto, he escuchado, conozco... ¿Qué es lo que despierta la sensibilidad de Dios? – La aflicción, el clamor, los sufrimientos... de su pueblo.

Recordemos aquí una escena que seguramente cada uno de nosotros ha presenciado, o vivido, al menos una vez en su vida. En el parque, o en la plaza central de la ciudad, o del pueblo, se han encontrado las madres que han salido a pasear con sus niños. Aprovechando la tranquilidad del lugar, las mujeres han dejado “sueltas” a sus criaturas y disfrutan del momento de tranquilidad compartiendo las dificultades, las preocupaciones y los gozos del día que se está acercando a su fin. De repente... se oye el lloro de un niño. Todas se agitan, pero es sólo una la que corre hacia el clamor del niño – la madre que ha reconocido al instante la voz de su hijo.

Esta escena nos ayuda a entender mejor el sentido del texto del libro del Éxodo. Dios, coma la madre sensible al grito de su criatura, corre para socorrerlo – “he bajado para librarlo”, dice el texto de la Escritura. Dios está muy pendiente de lo que le ocurre a su pueblo, a nosotros, y acude enseguida en nuestra ayuda. Pero...

Fijémonos en los verbos doblemente subrayados: he bajado y ve: yo te envío que aparecen aquí como sinónimos. ¿Qué quiere decir esto? – que Dios no actúa personalmente sino que se sirve de personas a las cuales envía como sus mensajeros. Moisés cuando descubrió a Yavé, Dios compasivo y misericordioso, se sintió enviado a liberar el pueblo de la esclavitud y a calmar sus sufrimientos. De igual manera nosotros, creyentes en el mismo Dios, deberíamos ser misericordiosos, como él es misericordioso (Lc 6,36); o si lo preferimos, tener entrañas sensibles al grito de nuestros hermanos.

No debemos, sin embargo, confundir la “misericordia” con la “lástima”. La misericordia es una actitud y virtud cristiana, mientras la lástima suele ser una simple manifestación de nuestra sensibilidad. La lástima indica que el padecimiento del prójimo nos afecta, nos remueve las entrañas; pero no provoca la decisión de ayudar de manera eficaz a quien sufre. Cuando experimentamos la misericordia, se remueve nuestro interior ante el padecimiento ajeno; pero, además, adquirimos el compromiso de subsanar este sufrimiento.



Reflexionemos:

- ¿Qué aporta a tu fe esta imagen de Dios tierno y entrañable que encontramos en la Biblia?

- ¿Qué consecuencias tiene esto para tu vida y tu compromiso cristiano?

- ¿Cómo podemos ayudar a nuestro pueblo a descubrir esta imagen de Dios tierno y entrañable?



Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 stycznia 2003

La misericordia de Dios

El amor del Señor a sus fieles dura eternamente,

Y su salvación alcanza a hijos y nietos (Sal 103,17)


Con este nuevo año, queremos empezar la reflexión sobre la misericordia de Dios, es decir sobre el amor profundo que siente Dios Padre por nosotros, amor que es capaz de romper los más grandes muros de odio y egoísmo que se puedan formar en el corazón humano.


Cierto día un joven borracho atropelló a otro y lo mató. El padre, luego de sepultar a su hijo, fue directamente a la cárcel para conocer a quien le había quitado su ser más querido. Al verlo, no lo acusó, ni insultó, sino que lo abrazó y le dijo: “ya que fuiste causa de tan grande dolor, ahora serás causa de una nueva alegría en mi corazón, ¡ocupa tú el lugar de hijo!” .


¿Difícil verdad?... no es nada agradable tener que poner la otra mejilla frente a la agresión, frente a la explotación y las injusticias; no es nada fácil perdonar y acoger al agresor sin guardarle resentimiento por sus acciones. Pero ese es el desafío para los cristianos: Ser santos (misericordiosos) como nuestro Padre Dios lo es con nosotros.


Los textos bíblicos nos revelan un Dios papá, siempre dispuesto a celebrar que el hijo muerto en el pecado, vuelva a la vida (Lc 15, 31-32) Uno de esos textos es en Gn 18, 20-33, donde asistimos complacidos a una “negociación” entre Yavé y Abraham, éste último arguyendo a la misericordia de Dios para salvar por lo menos 10 personas de Sodoma... ¡y lo consigue! En Jeremías incluso se llega a proponer una sola persona para salvar toda la ciudad (Jer 5,1)


A lo largo de toda la Biblia leemos que el proyecto de Dios es que todos nos salvemos y gocemos de los frutos del Reino. Esta salvación la podemos obtener, o a través de las actitudes que manifestamos en nuestra vida personal, o por la intercesión de la comunidad que nos anima a la conversión. La primera es una opción personal, fruto de nuestra libertad, mientras que la segunda es una exigencia evangélica.

¿Cuántas veces hemos sentido el perdón divino? Dios siempre está dispuesto a acogernos, porque es Padre bueno que aun estando nosotros en el mismísimo infierno, allá está dispuesto a ir sí clamamos por salvación y nos acogemos a su amor. Entonces, ¿Cuántas veces estamos dispuestos a perdonar? ¿Seremos capaces de ir allí donde esté el hermano o hermana que necesita de nuestro amor?....


Cuando vayamos a reflexionar sobre el amor del Padre, recordemos que la misericordia debe ser infinita, capaz de encontrar siempre algo nuevo y novedoso en la persona, por mucho daño que nos haya causado. No se trata sólo de sentir compasión por las penalidades ajenas, se trata básicamente de la actitud decidida de perdonar y olvidar, de amar y animar al otro a que no desmaye en su camino a la perfección. Eso es ser Santos (misericordiosos) como lo es nuestro Padre Dios a través de su hijo Jesucristo.


Esta virtud no se logra de la noche a la mañana, de hecho es parte del dinamismo de la fe que se construye, y en ello se nos puede ir toda la vida. Por eso, este año queremos escarbar en los textos bíblicos que nos revelan que Dios Padre siempre escucha y acoge a quienes se levantan y vuelven a Él. Vamos a hacer juntos esta experiencia y ojalá que el Buen Padre se nos revele en toda su plenitud, como el Señor de la Vida.


Para reflexionar:


Leamos Lc 7,36-50 y compartamos las siguientes preguntas:


  1. ¿Cuál es el mayor error de Simón, el fariseo?

  2. ¿Cuáles son las condiciones para ser perdonados?

  3. ¿Por qué el perdón lleva a la salvación?



01 grudnia 2002

Anunciar e identificar al Mesías

Uno de los personajes que nos acompaña en el tiempo de Adviento es Juan el Bautista. De él dijo Jesús: “entre los hijos de mujer no hay ninguno más grande que Juan Bautista” (Lc 7,28). Con él, el último de los profetas del Antiguo testamento, queremos cerrar este ciclo dedicado a los profetas de Israel.


La época en la que vivió Juan el Bautista.

En el siglo I de nuestra era Palestina vivió una época de fuerte convulsión social. Prácticamente desde que el país fue ocupado por los romanos, se fueron sucediendo grandes y pequeñas revueltas sociales. En el libro de los hechos de los Apóstoles encontramos una breve, pero significativa, descripción del ambiente social de Palestina hecha por un fariseo y doctor de la Ley, llamado Gamaliel: “tiempo atrás se presentó un tal Teudas, que pretendía ser un gran personaje y al que se le unieron unos cuatrocientos hombres. Más tarde pereció, sus seguidores se dispersaron, y todo quedó en nada. Tiempo después, en la época del censo, surgió Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí. Pero también éste pereció y todos sus seguidores se dispersaron” (Hch 7,36-37). En este ambiente se desarrolló la actividad profética de Juan, llamado el Bautista.


El precursor.

Los cuatro evangelios subrayan que la actividad profética de Juan el Bautista es anterior al ministerio de Jesús. Por eso también a Juan se le ve como el precursor del Mesías. Existía en Israel la antigua profecía del profeta Malaquías, según la cual, antes de la llegada del Mesías volvería a aparecer de nuevo el gran profeta Elías: “Les voy a enviar al profeta Elías antes que llegue el día de Yavé, que será grande y temible. Él reconciliará a los padres con los hijos y a éstos con sus padres, para que, cuando yo llegue, no tenga que maldecir a este país” (Mal 3,23-24). Muchos creyeron que en Juan se cumplió esta profecía; Jesús era uno de ellos (Mt 11,1-14; Mc 9,11-13).

“El drama” de Juan consiste en que su vida se compara con la de Jesús, subrayando siempre la superioridad de Jesús. En los primeros capítulos del evangelio de Lucas tenemos el mejor ejemplo de esta comparación: se narra la anunciación del nacimiento de Juan (Lc 1,5-25) y después la anunciación a María (Lc 1,26-38); todo este bloque termina con el encuentro de las madres, María e Isabel, durante el cual Juan en el vientre de Isabel baila delante de María, quien lleva en su vientre a Jesús (Lc 1,39-45), igual que David bailó delante del Arca de la Alianza (1Sam 2,1-10). Esta forma de organizar el relato tiene como finalidad dejar en claro que el personaje central, el Mesías, es Jesús; Juan es el que lo descubre y presenta a los demás (Jn1,19-34).


El profeta.

Sería injusto reducir la actividad de Juan sólo a la preparación del camino de Jesús. Juan es un auténtico profeta preocupado por la vida de su pueblo. Toda su actividad profética tenía como objetivo despertar la conciencia del pueblo y hacerlo volver a vivir el proyecto de la Alianza con Dios. Juan se ubica en el desierto y desde allí, recordando el desierto que atravesó el pueblo de Israel durante el Éxodo, lleva adelante su actividad profética. Mucha gente de Israel, siguiendo el llamado y el ejemplo de Juan, sale de Jerusalén, va hacia el desierto e inicia un nuevo éxodo: “Juan el Bautista empezó a bautizar en el desierto. Allí predicaba bautismo y conversión, para alcanzar el perdón de los pecados. Toda la provincia de Judea y el pueblo de Jerusalén acudían a Juan para confesar sus pecados y ser bautizados por él en el río Jordán. Además de la piel que tenía colgada de la cintura, Juan no llevaba más que un manto hecho de pelo de camello. Su comida eran langostas y miel silvestre” (Mc 1,4-6). Viviendo en el desierto, visitiendo y comiendo de lo que éste le proporciona, Juan subraya su total ruptura con la sociedad de su época, a la cual considera totalmente corrompida. Él quiere iniciar una nueva sociedad, justa y solidaria. Es conveniente subrayar que Juan no se limita en su predicación a cuestiones puramente religiosas. En su discurso condena cualquier forma de corrupción y explotación, reclama justicia y hace un llamado a la solidaridad: “La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer?» Él les contestaba: «El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer, haga lo mismo». Vinieron también los cobradores de impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» Respondió Juan: «No cobren más de lo establecido». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les contestó: «No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su sueldo»” (Lc 3,10-14). Sin duda alguna, Juan nos está dando un ejemplo vivo y actual cómo nosotros hoy podemos y debemos vivir nuestro compromiso con Dios y con el Evangelio.



Recordemos:

- ¿En qué circunstancias desarrolla Juan su actividad?

- ¿Cómo presentan los evangelistas a Juan Bautista?

- ¿A qué nos invita el ejemplo de Juan?


Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 listopada 2002

¿Qué nos diría Isaías?

En el Anunciar del mes de junio habíamos conocido ya a Isaías, el profeta del sur de Israel, contemporáneo de Amós y Oseas. Isaías nació alrededor del año 760 antes de Cristo y su vida y actividad profética se desarrollaron en el siglo VIII antes de Cristo. ¿Por qué volvemos entonces a hablar de nuevo de este profeta? Pues resulta que unos 200 años después de su muerte, cuando terminó exilio en Babilonia, un grupo de profetas anónimos toma el nombre de Isaías, para transmitir un mensaje profético al pueblo de Israel. Encontramos este mensaje en los capítulos 56-66 del libro de Isaías. No era la primera vez que se hacía esto. Ya antes, en la época de exilio un profeta anónimo, a quien llamamos ahora el segundo Isaías, hizo lo mismo. Su mensaje se encuentra en los capítulos 40-55 del libro de Isaías.


La época de postexilio.

El exilio en Babilonia fue una experiencia muy dolorosa para el pueblo de Israel. De un momento a otro se habían encontrado en tierra extranjera y despojados de todo lo que les identificaba como el pueblo de Dios: estaban sin tierra, sin templo y sin rey – elementos visibles de la alianza establecida con Dios. El exilio duró casi 50 años, es decir, toda una generación. En el año 538 antes de Cristo, Ciro, rey de Persia, venció y conquistó definitivamente al imperio Babilonio y devolvió la libertad a los judíos que se encontraban en aquellas tierras. Ciro promulgó un decreto oficial donde ordenaba que los israelitas regresaran a su tierra e invitaba al pueblo persa a ayudarles en la restauración de la ciudad de Jerusalén (Esd 1,2-4). De esta manera comienza una nueva etapa en la historia del pueblo de Israel: la restauración.

La dolorosa experiencia del exilio ha dado origen a una intensa reflexión teológica en esta época de restauración. Se trataba de explicar las causas del desastre del exilio. El diagnóstico, fruto de esta reflexión, fue claro y categórico: Dios nos ha castigado porque hemos abandonado sus leyes (Bar 1,15-3,8). Este diagnóstico tuvo después su repercusión a la hora de proponer los diferentes programas de reconstrucción del pueblo. En la época de restauración podemos hablar básicamente de tres propuestas diferentes de reconstrucción:

  • la propuesta de Zorobabel y Josué (Esd 3,1-13), que se centraba en la reconstrucción de las estructuras externas: las murallas de la ciudad, el templo, las instituciones...

  • la propuesta de Esdras (Esd 9,1-2; 10,2-4; Neh 13,23-27), que partía de la pureza de la raza y de las tradiciones,

  • la propuesta profética que llamamos la propuesta de Tercer Isaías (Is 56-66), que era la única que ofrecía una alternativa novedosa y universal.


Jerusalén, luz de las naciones.

El profeta seguidor de Isaías se siente llamado a recuperar el ideal del Año Jubilar para infundir esperanza al pueblo de Israel. A él pertenece el famoso texto citado en parte por Jesús en la sinagoga de Nazaret:

El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí,

porque Yavé me ha ungido.

Me ha enviado con buenas noticias

para los humildes, para sanar los corazones heridos,

para anunciar a los desterrados su liberación,

y a los presos su vuelta a la luz.

Para publicar un año feliz lleno de los favores de Yavé,

y el día del desquite de nuestro Dios.

Me envió para consolar a los que lloran

y darles a todos los afligidos de Sión

una corona en vez de ceniza,

el aceite de los días alegres, en lugar de ropa de luto,

cantos de felicidad, en vez de pesimismo (Is 61,1-3).

En su mensaje al para el pueblo de Israel en el proceso de reconstrucción este profeta dice que Dios les está dando una nueva oportunidad de establecer alianza con él. ¿Por qué? Porque los conoce y los ama:

Debido a su maldad, me enojé por un momento, y escondiéndome, le pegué con rabia cuando él, porfiado, continuaba en sus andanzas preferidas. Sin embargo no lo he olvidado. Yo le devolveré la salud, lo alentaré y lo ayudaré a recuperarse. Y a los que lloraban haré que les brote la risa de sus labios: ¡Paz, paz al que está lejos y al que está cerca!, dice Yavé. Sí, yo te voy a sanar (Is 57,17-19).

Un aporte novedoso de este profeta es su apertura universal. El amor de Dios no se dirige ya exclusivamente hacia el pueblo de Israel, sino que abarca a todos los pueblos:

Ahora vengo a reunir a todos los pueblos de todos los idiomas. Y cuando vengan, serán testigos de mi gloria. Yo haré un prodigio en medio de ellos y, luego, mandaré los sobrevivientes hacia todas las naciones y las islas más lejanas que no saben de mi fama ni han visto mi gloria (Is 66,18-19).



Recordemos:

- ¿Qué problemática vivió el pueblo de Israel después del exilio?

- ¿Qué propuestas de reconstrucción surgieron en el pueblo?¿En que se centraban?

- ¿Cuál es la propuesta del Tercer Isaías para el pueblo de Israel?

- ¿Qué nos inspiran los seguidores de Isaías a nosotros hoy?


Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 października 2002

Ezequiel – el profeta que camina con el pueblo.

La vida de cada uno de los profetas estaba llena de angustias e incertidumbres. En consecuencia, algunos, como Jeremías, se rebelan contra su complicada misión. Otros, y aquí podemos ubicar a Ezequiel, tratan de ir descubriendo el mensaje de Dios oculto en los enredos de la existencia diaria. En este sentido, el profeta Ezequiel puede ser un buen ejemplo del profeta que camina junto con el pueblo y trata de acompañarlo con su mensaje.


La época en la que vivió Ezequiel.

El rey Josías, quien llevó adelante, con ayuda del profeta Sofonías, todo un proceso de renovación en el pueblo de Israel, murió en el año 609 antes de Cristo. Después de la muerte de este rey comienza el deterioro de Israel. Sus reyes ya no son elegidos por el pueblo sino que son impuestos por los grandes imperios vecinos. Así, el sucesor del rey Josías, Joaquín, recibió la corona gracias al apoyo del faraón de Egipto, imperio al sur de Judá, pero pronto pasó bajo el dominio del imperio Babilónico, situado al norte del país. Mientras el rey de Israel pagaba los impuestos al rey de Babilonia, el pueblo vivía en relativa calma. Pero cuando el rey Joaquín en el año 597 dejó de pagar tributos a Babilonia, Nabucodonosor, rey de Babilonia invadió Jerusalén y llevó presos a Babilonia al rey y, junto con él, a gran cantidad de gente. El nuevo rey, impuesto por Babilonia, comienza a pagar de nuevo los impuestos a Babilonia. Durante nueve años hubo relativa calma. Pero el pueblo no pudo aguantar el peso de la opresión babilonia y en el año 588 se produjo una revuelta contra Babilonia. La respuesta no se hace esperar: Jerusalén es cercada por el ejército babilonio y después de año y medio de asedio tiene que rendirse. La ciudad es incendiada y saqueada y todos sus habitantes son llevados presos a Babilonia. Así comienza la época más triste en la historia de Israel – el exilio. El pueblo de Israel se encuentra de repente en tierra extraña y despojado de todo lo que lo identificaba como el pueblo de Dios: están sin tierra, sin templo y sin rey. El exilio durará casi cincuenta años – toda una generación.


La vocación de Ezequiel.

Tenemos muy pocos datos acerca de la vida del profeta Ezequiel. Sabemos que era hijo de un sacerdote llamado Buzi. Probablemente el mismo Ezequiel fue sacerdote igual que su padre.

Ezequiel, como joven muchacho fue llevado preso a Babilonia con el primer grupo de los deportados, en el año 597. Allá, en tierra babilonia, le llegó la vocación de profeta, según él mismo nos lo confirma: “El año treinta, el día quinto del cuarto mes, encontrándome entre los desterrados, a orillas del río Queebar, se abrieron los cielos y contemplé visiones divinas” (Ez 1,1).


El mensaje para los desterrados.

En la actividad profética de Ezequiel podemos diferenciar claramente dos etapas: antes y después del destierro definitivo que tuvo lugar en el año 587 antes de Cristo. La primera etapa de su actividad, entre la vocación y la llegada a Babilonia del segundo grupo de los desterrados, se desarrolla bajo el signo de la denuncia. El profeta analiza las causas del desastre de Israel y encuentra como principales culpables a los líderes que se han corrompido y han buscado más su propio interés que el bien del pueblo:

Yavé me dijo además: «Hijo de hombre, di a Jerusalén: Eres una tierra que no ha recibido lluvia y que no fue regada en el día de la ira. En ella, sus príncipes son como león rugiente, ávido de presa, devoran a las personas, se apoderan de sus pertenencias y riquezas, y son tantas sus víctimas que no se cuentan las viudas.

Sus sacerdotes han violado mi Ley y profanado las cosas santas. No han hecho distinción entre lo sagrado y lo profano ni han enseñado a distinguir lo puro de lo impuro. No hicieron caso de mi sábado, y yo he sido deshonrado por ellos.

Los jefes de la ciudad son lobos sanguinarios, ávidos de presa, y matan a los inocentes por puro interés. Sus profetas les encubren los crímenes con vanas visiones y profecías mentirosas; y dicen: «Así dice Yavé», cuando Yavé no ha hablado.

Los señores del país cometen violencias y robos; pisotean al pobre y al indigente, y niegan su derecho al forastero. Busqué entre ellos un hombre que levantara un muro entre ellos y yo, y que permaneciera en el muro frente a mí, en defensa del país, para que yo no lo devastara, pero no lo hallé. Por eso, he desencadenado mi enojo sobre ellos y los he exterminado con el fuego de mi cólera y he cargado el castigo sobre ellos, declara Yavé» (Ez 22,23-31).


Cuando se produce la segunda deportación y el pueblo de Israel entra en una profunda crisis, el mensaje de Ezequiel cambia de tono; el profeta se esfuerza por anunciar la esperanza en medio de su pueblo que se siente abatido y derrotado. Todos hemos leído alguna vez el hermoso texto del capítulo 37 del libro de Ezequiel, lleno de consuelo y esperanza, donde el profeta anuncia vida nueva anuncia vida nueva para su pueblo que se daba por muerto. Los demás profetas del exilio seguirán el ejemplo de Ezequiel y se esforzaran por consolar y despertar la esperanza entre los desterrados.



Recordemos:

- ¿En qué circunstancias surge el profeta Ezequiel?

- ¿Cuáles son las principales etapas de su actividad?¿Qué características tienen?

- ¿Qué nos enseña Ezequiel a nosotros, los catequistas?


Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org



01 września 2002

Jeremías – las angustias de un profeta.

Jeremías es indudablemente uno de los profetas más conocidos de todo el Antiguo Testamento. En primer lugar, porque numerosos textos hablan de las “aventuras” por las que le tocó pasar. En segundo lugar, porque este profeta no se limitó a transmitir sólo la palabra de Dios: nos dejó también su propia palabra, la palabra de Jeremías, con sus dudas, sus inquietudes y sus temores. Su personalidad aparece así como una de las más auténticas y sugestivas de todo el Antiguo Testamento.


El mundo y el ministerio de Jeremías.

Jeremías nació alrededor del año 650 antes de Cristo en Anatot, pequeño pueblo a unos seis kilómetros de Jerusalén. Su vida se puede dividir en dos partes muy distintas, separadas por el año 609 a.C., el año de la muerte del rey Josías. La primera etapa de su vida está marcada por el gran optimismo: la independencia política, la prosperidad creciente y la reforma religiosa fueron los motivos principales del entusiasmo del profeta. Pero después de la muerte del rey Josías, los años que siguieron, constituyeron un periodo de rápido deterioro: dominación egipcia, dominación babilonia, tensiones internas y luchas de partidos, injusticias sociales y corrupción religiosa... fueron los diferentes rostros de este deterioro.


La vocación y el mensaje de Jeremías.

Jeremías recibió su vocación siendo muy joven todavía, cuando tenía poco más de veinte años. Su vocación incluye una elección de parte de Dios, una consagración, un “nombramiento” y una misión. Pero Jeremías no se siente atraído por su vocación. Como Moisés, siente miedo, se considera incapaz e impreparado. Pero Dios no admite excusas y le encomienda la tarea más difícil: transmitir su Palabra en unos años cruciales y trágicos de la historia de Judá:

Entonces Yavé me dirigió su palabra:

«Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones.» Yo exclamé: «Ay, Señor, Yavé, ¡cómo podría hablar yo, que soy un muchacho!»

Y me contestó Yavé: «No me digas que eres un muchacho. Irás adondequiera que te envíe, y proclamarás todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, porque estaré contigo para protegerte -palabra de Yavé-.»

Entonces Yavé extendió su mano y me tocó la boca, diciéndome: «En este momento pongo mis palabras en tu boca. En este día te encargo los pueblos y las naciones:

Arrancarás y derribarás,

perderás y destruirás,

edificarás y plantarás» (Jer 1,4-10).

Si quisiéramos resumir en una sola palabra el mensaje de Jeremías, deberíamos hablar de la conversión. Jeremías, al igual que Oseas, hablaba de las relaciones entre Dios y el pueblo en términos de matrimonio. El pueblo, como una mujer infiel, ha abandonado a Dios; por eso debe convertirse, volver (Jer 2,1-3,5). Ha tomado un mal camino y debe volver al camino que le lleva el Señor. Jeremías denuncia con especial fuerza el olvido de Dios, que se manifiesta en el rechazo de su palabra (Jer 6,10), en el falso culto (Jer 6,20) y las injusticias sociales (Jer 22,13-14). Su mensaje es bien claro: Yavé ha determinado castiga r a Israel por no haber escuchado a “sus siervos los profetas”. Este mensaje va dirigido a los reyes de Judá, al pueblo de Jerusalén, a los reyes de la naciones y a los exiliados. Pero... como ya le había pasado a otros profetas, las palabras de Jeremías no encuentran eco ni en el pueblo, ni en la corte. Al contrario, el comisario del templo lo azota y lo encarcela (Jer 20,1-6).

La falta de comprensión, el rechazo, y la poca acogida de su mensaje, hacen despertar en el profeta el desánimo y ganas de “botar la toalla”, pero su vocación es más fuerte que sus dudas y al final el profeta continua con su misión:

Me has seducido, Yavé, y me dejé seducir por ti. Me hiciste violencia y fuiste el más fuerte. Y ahora soy motivo de risa, toda la gente se burla de mí.

8 Pues me pongo a hablar, y son amenazas, no les anuncio más que violencias y saqueos. La palabra de Yavé me acarrea cada día insultos.

9 Por eso decidí no recordar más a Yavé, ni hablar más de parte de él, pero sentí en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía (Jer 20,7-9).

Gracias las “confesiones” de Jeremías que encontramos en varios lugares del libro que recoge su vida y su mensaje, podemos conocer a un profeta “de carne y hueso”, un profeta que nos puede servir de modelo a cualquiera de nosotros. ¿Quién de nosotros no ha dudado de su vocación? ¿Quién de nosotros no ha sucumbido frente a los problemas y dificultades de apostolado? ¿Quién de nosotros no se ha sentido inclusive “abandonado por Dios”? Pero Jeremías no enseña que sí es posible retomar el compromiso. Este profeta nos enseña como recuperar la confianza en Dios y cómo ser fiel a Dios y a la misión “hasta las últimas consecuencias.



Recordemos:

- ¿En qué circunstancias surge el profeta Jeremías?¿Qué misión recibe?

- ¿Cuáles son las principales denuncias del profeta?

- ¿Qué problemas atravesó Jeremías? ¿Cómo los ha superado?

- ¿Qué nos enseña Jeremías a nosotros, los catequistas?


Juan Stefanów

Centro Bíblico Verbo Divino

director@verbodivino-ecu.org